viernes, 16 de marzo de 2018

JUAN DE ARGUIJO

Nació en Sevilla, en fecha no bien determinada (1564/7). Pertenecía a una familia acaudalada, pero él gastó tanto en sus amigos, y con tanta largueza, que murió en la indigencia en la ciudad donde había nacido por el año 1622/3; Rodrigo Caro dice: "Vino a estar tan pobre que sólo se sustentaba, hasta que murió, de la dote de su mujer".
Fue veinticuatro de su ciudad natal. Exquisito poeta del segundo renacimiento, músico y erudito clásico. Su poesía y en especial sus sonetos han sido equiparados a los de Quevedo y Lope por algunos críticos.
Era Arguijo dicharachero y agradable en el trato; llegó a ser un verdadero mecenas, ya que en su palacio acogía a músicos, poetas y artistas, como el escultor Montañés, el pintor Pacheco, el chistoso Ortiz de Melgarejo, y otros muchos.
Son importantísimos sus sonetos de tema clásico y de gran perfección formal: A Baco, A Rómulo, A Troya, A Lucrecia, etc.; de fondo distinto son los titulados: Las estaciones, Al Guadalquivir, en una avenida, A la amistad, Al desengaño, etc.; como tañedor de instrumentos y amante de la música, destaca su silva: A la vihuela, pero tal vez sobresale como narrador, siendo autor de una serie de cuentos referidos en las tertulias de su palacio, y que fueron recogidos por el ya citado Ortiz de Melgarejo.

El licenciado Morillas, cura de la Parroquia de San Vicente, de sevilla, fue a pedir limosna por su colación, Sábado de Pascua, para dar otro día pan y carne a los pobres.
Llegó a la casa de un viejo muy rico y muy avaro, el cual le dio un cuarto de limosna, de los falsos, que llaman del fraile o de Santo Domingo. No advirtió entonces él qué era lo que recibía; pero después, no pudiendo pasar el cuarto entre otros, ni hallando salida de él, se acordó de quien se lo había dado. Guardólo para restituírselo, y el Domingo de Pascua, yendo el viejo a que le comulgase el mismo cura, disimuladamente le metió el cuarto en la boca, en lugar de la Forma.
El hombre, sintiendo la dureza y el frio del metal, quedó turbado, pareciéndole milagro, y no osaba sacarlo de la boca, ni tampoco contar el suceso, por el escándalo del pueblo.
Tomó por expediente decirle muy bajito al cura:
 -Padre, no puedo pasarlo.
El cual le respondió:
 -Tampoco lo puedo yo pasar


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